Pero que salir sea difícil no significa que vaciar la Alianza no sea perfectamente posible. Un presidente americano hostil a la OTAN podría no denunciar formalmente el tratado y, aun así, reducir presencia militar, reubicar capacidades, condicionar el artículo 5 en la práctica, bloqueando decisiones operativas, convirtiendo la solidaridad atlántica en un menú a la carta y dejando claro que la garantía americana ya no es automática sino transaccional.
Y eso, para Europa, sería incluso peor que una salida limpia. Porque la dejaría atrapada en una OTAN jurídicamente viva pero estratégicamente hueca.
No hace falta dinamitar el edificio. Basta con ir quitándole las vigas maestras mientras los inquilinos siguen fingiendo que no pasa nada. Ese es, precisamente, el escenario que debería quitar el sueño a Berlín. Una erosión lenta, deliberada y profundamente humillante de una alianza que Europa ha asumido por garantizado demasiado tiempo.
Y llegamos a casa. España merece párrafo aparte porque nuestro país ha conseguido combinar lo peor de los dos mundos: falta de solidaridad y postureo moralista. Conviene recordar algo que la izquierda española lleva dos décadas manipulando. En Irak - la guerra por la que Aznar fue presentado como asesino, lacayo y belicista - España no protagonizó ninguna carga de caballería sobre Bagdad. El símbolo español acabó siendo apoyo logístico y sanitario, incluido un buque hospital, una vez pasadas las fases más duras. Era una contribución limitada, discutible si se quiere, pero desde luego mucho menos épica de lo que la propaganda ha repetido durante años.
No a la guerra, pero… ¿sí a qué?
En esta crisis, el patrón es peor: ni siquiera ayuda periférica, y nula solidaridad estratégica cuando Washington pide algo concreto. España no solo se ha negado a participar en una operación en Ormuz; ha cerrado el espacio aéreo a aviones estadounidenses implicados en la campaña y ha impedido el uso de Rota y Morón para esas operaciones. Esas dos bases no son un adorno en Andalucía: son nodos logísticos clave para el reabastecimiento aire-aire y para el tránsito intercontinental de fuerzas de la OTAN y de Estados Unidos.
El problema para España es que Pedro Sánchez ha querido envolver esa decisión en el clásico antiamericanismo que tanto entusiasma a cierta izquierda doméstica. Dentro de nuestras fronteras consigue aplausos fáciles. En Washington lo único que logra es cargarse el valor estratégico de España ante una administración y un Senado republicano que ya hablan abiertamente de mover capacidades a países que sí dejen operar a Estados Unidos. Lindsey Graham ya lo ha dicho sin rodeos. Portugal, por contraste, autorizó el uso de Lajes. Y si en el flanco sur Washington percibe cada vez más utilidad en otros socios más fiables, desde las Azores hasta Marruecos, luego no nos hagamos los sorprendidos.
¿Bye bye, Rota y Morón? No sería inmediato, ni barato, ni sencillo. Pero tampoco es una fantasía. Lo que ayer parecía impensable hoy ya se discute en voz alta. Y cuando un país de tamaño medio convierte su relación con Estados Unidos en un ejercicio de moralina en lugar de una política fría de intereses, suele acabar descubriendo que la geopolítica tiene menos paciencia que las tertulias patrias.
Al final, la pregunta de fondo es muy simple: ¿quiere Europa seguir siendo un actor estratégico o prefiere seguir siendo un protegido insolvente que sermonea al guardaespaldas? Un continente envejecido, sobre regulado, fiscalmente exhausto y militarmente adormecido que sigue comportándose como si Estados Unidos estuviera obligado por ley natural a protegerlo.
Trump puede exagerar, ofender, pasarse de frenada y comportarse demasiadas veces como un matón con cuenta de Twitter. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que su diagnóstico sobre la jeta estratégica del continente tiene una dosis considerable de realidad. Y cuando el protegido empieza a despreciar abiertamente al protector, la relación se acaba pudriendo.
Por eso el fin de la OTAN no llegaría necesariamente con una firma solemne o un gran titular. Podría llegar de forma mucho más triste y mucho más europea: con una sucesión de negativas, de excusas jurídicas, de ambigüedades y de cálculos políticos miopes que convenzan a Washington de que la alianza ya no merece el precio que paga por ella.
Y entonces descubriremos, demasiado tarde, que no hace falta que América se marche formalmente. Basta con que deje de confiar en nosotros. El día que eso ocurra, (y estamos muy cerca), Bruselas seguirá produciendo reglamentos, París seguirá pronunciando discursos, Madrid seguirá haciendo teatro moral... pero el paraguas estará roto. Y cuando llegue la tormenta de verdad, Europa tendrá que defenderse sola con sus comisarios, sus hashtags y sus paneles solares. Suerte con eso.
No hace falta dinamitar el edificio. Basta con ir quitándole las vigas maestras mientras los inquilinos siguen fingiendo que no pasa nada. Ese es, precisamente, el escenario que debería quitar el sueño a Berlín. Una erosión lenta, deliberada y profundamente humillante de una alianza que Europa ha asumido por garantizado demasiado tiempo.
Y llegamos a casa. España merece párrafo aparte porque nuestro país ha conseguido combinar lo peor de los dos mundos: falta de solidaridad y postureo moralista. Conviene recordar algo que la izquierda española lleva dos décadas manipulando. En Irak - la guerra por la que Aznar fue presentado como asesino, lacayo y belicista - España no protagonizó ninguna carga de caballería sobre Bagdad. El símbolo español acabó siendo apoyo logístico y sanitario, incluido un buque hospital, una vez pasadas las fases más duras. Era una contribución limitada, discutible si se quiere, pero desde luego mucho menos épica de lo que la propaganda ha repetido durante años.
No a la guerra, pero… ¿sí a qué?
En esta crisis, el patrón es peor: ni siquiera ayuda periférica, y nula solidaridad estratégica cuando Washington pide algo concreto. España no solo se ha negado a participar en una operación en Ormuz; ha cerrado el espacio aéreo a aviones estadounidenses implicados en la campaña y ha impedido el uso de Rota y Morón para esas operaciones. Esas dos bases no son un adorno en Andalucía: son nodos logísticos clave para el reabastecimiento aire-aire y para el tránsito intercontinental de fuerzas de la OTAN y de Estados Unidos.
El problema para España es que Pedro Sánchez ha querido envolver esa decisión en el clásico antiamericanismo que tanto entusiasma a cierta izquierda doméstica. Dentro de nuestras fronteras consigue aplausos fáciles. En Washington lo único que logra es cargarse el valor estratégico de España ante una administración y un Senado republicano que ya hablan abiertamente de mover capacidades a países que sí dejen operar a Estados Unidos. Lindsey Graham ya lo ha dicho sin rodeos. Portugal, por contraste, autorizó el uso de Lajes. Y si en el flanco sur Washington percibe cada vez más utilidad en otros socios más fiables, desde las Azores hasta Marruecos, luego no nos hagamos los sorprendidos.
¿Bye bye, Rota y Morón? No sería inmediato, ni barato, ni sencillo. Pero tampoco es una fantasía. Lo que ayer parecía impensable hoy ya se discute en voz alta. Y cuando un país de tamaño medio convierte su relación con Estados Unidos en un ejercicio de moralina en lugar de una política fría de intereses, suele acabar descubriendo que la geopolítica tiene menos paciencia que las tertulias patrias.
Al final, la pregunta de fondo es muy simple: ¿quiere Europa seguir siendo un actor estratégico o prefiere seguir siendo un protegido insolvente que sermonea al guardaespaldas? Un continente envejecido, sobre regulado, fiscalmente exhausto y militarmente adormecido que sigue comportándose como si Estados Unidos estuviera obligado por ley natural a protegerlo.
Trump puede exagerar, ofender, pasarse de frenada y comportarse demasiadas veces como un matón con cuenta de Twitter. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que su diagnóstico sobre la jeta estratégica del continente tiene una dosis considerable de realidad. Y cuando el protegido empieza a despreciar abiertamente al protector, la relación se acaba pudriendo.
Por eso el fin de la OTAN no llegaría necesariamente con una firma solemne o un gran titular. Podría llegar de forma mucho más triste y mucho más europea: con una sucesión de negativas, de excusas jurídicas, de ambigüedades y de cálculos políticos miopes que convenzan a Washington de que la alianza ya no merece el precio que paga por ella.
Y entonces descubriremos, demasiado tarde, que no hace falta que América se marche formalmente. Basta con que deje de confiar en nosotros. El día que eso ocurra, (y estamos muy cerca), Bruselas seguirá produciendo reglamentos, París seguirá pronunciando discursos, Madrid seguirá haciendo teatro moral... pero el paraguas estará roto. Y cuando llegue la tormenta de verdad, Europa tendrá que defenderse sola con sus comisarios, sus hashtags y sus paneles solares. Suerte con eso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario