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viernes, 28 de agosto de 2026
Ramfis Domínguez Trujillo llama a Soberanía, identidad nacional y el desafío migratorio dominicana
Soberanía, identidad nacional y el desafío migratorio
La defensa de la soberanía nacional volvió a ocupar un lugar central en el discurso de Ramfis Domínguez Trujillo, presidente del Partido Esperanza Democrática (PED), quien cuestionó con firmeza la actuación de determinados organismos internacionales frente a la realidad de la República Dominicana.
Para Domínguez Trujillo, algunas de estas instituciones han terminado alejándose de la realidad de los pueblos a los que dicen representar, convirtiéndose, a su juicio, en estructuras burocráticas que formulan cuestionamientos, emiten recomendaciones y presentan informes, pero que ofrecen pocas respuestas concretas ante los problemas que enfrentan las naciones.
Su crítica alcanzó particularmente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuya postura frente a la situación dominicana calificó de “una burla”. En su opinión, se trata de organismos “inoperantes e insuficientes”, cuya actuación puede llegar a convertirse en una forma de presión política sobre los Estados.
“Son organismos que no hacen absolutamente nada en la práctica y que pretenden injerir sobre nuestra bandera y nuestra soberanía”, sostuvo.
Más allá de la controversia política que generan este tipo de declaraciones, detrás de ellas existe una concepción de Estado que Domínguez Trujillo ha defendido de manera reiterada: la idea de que ninguna nación puede preservar su identidad si renuncia a la capacidad de decidir sobre sus propios asuntos.
En esa línea, quiso convertir incluso su presencia televisiva en un gesto simbólico. En lugar de acudir con los colores y símbolos de su organización política, se presentó portando únicamente el escudo nacional. La decisión no fue accidental. Según explicó, la República Dominicana atraviesa un momento particularmente delicado, en el que las diferencias partidarias deberían quedar subordinadas a un sentimiento más amplio de unidad nacional.
El mensaje implícito era claro: antes que militantes de una organización política, los dominicanos son ciudadanos de una misma nación.
La soberanía frente a las presiones externas
Domínguez Trujillo también manifestó su respaldo a la postura del entonces presidente estadounidense Donald Trump respecto de la necesidad de revisar organismos internacionales que, según su valoración, han perdido efectividad, autoridad o credibilidad.
Su argumento parte de una premisa que ha acompañado buena parte de su discurso político: la cooperación internacional no debe confundirse con subordinación. Para él, una cosa es que los Estados establezcan mecanismos de colaboración y otra muy diferente que determinadas instituciones pretendan imponer decisiones sobre asuntos que corresponden esencialmente a la autoridad soberana de cada país.
En ese contexto, recordó episodios del pasado en los que la República Dominicana tuvo que asumir posiciones firmes frente a decisiones vinculadas con la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Su interpretación de aquellos acontecimientos forma parte de una visión más amplia sobre el papel que debe desempeñar el Estado dominicano en el escenario internacional.
Desde esa perspectiva, la soberanía no constituye simplemente una palabra asociada a la Constitución o a los símbolos patrios. Es, para él, la capacidad efectiva de una nación para establecer sus propias reglas, proteger sus fronteras y determinar las políticas que considera necesarias para preservar su estabilidad.
La inmigración como cuestión de Estado
El tema migratorio ocupa un capítulo particularmente sensible dentro de esta visión.
Domínguez Trujillo ha sostenido durante años que la República Dominicana ha estado sometida a presiones externas para mantener una política migratoria que, desde su perspectiva, debilita el control de la frontera. Según afirmó, incluso se habrían producido situaciones en las que determinados mecanismos de asistencia financiera estuvieron acompañados de exigencias relacionadas con la apertura fronteriza.
“Se decía: les damos un préstamo, pero mantengan la frontera abierta. Eso es inaceptable”, afirmó.
Para el dirigente político, una nación no puede aceptar que la necesidad económica se convierta en una puerta de entrada para condicionamientos que afecten decisiones fundamentales de su política interna.
Su planteamiento adquiere especial relevancia cuando se observa la complejidad de la realidad fronteriza dominicana. La migración, el empleo, la seguridad, la economía informal y las relaciones con Haití constituyen problemas estrechamente vinculados entre sí. Cualquier política destinada a enfrentarlos requiere, por tanto, algo más que consignas: necesita planificación, recursos, controles institucionales y voluntad política.
Domínguez Trujillo considera que el endurecimiento de las políticas migratorias de Estados Unidos representa una oportunidad para que la República Dominicana revise su propia estrategia y adopte medidas más rigurosas.
Dentro de ese planteamiento, ha defendido la realización de deportaciones masivas, pero bajo criterios de organización y control estatal. Su propuesta no se limita, según ha explicado, a expulsar a quienes se encuentren en situación irregular, sino a establecer un sistema migratorio capaz de determinar quién entra al territorio nacional, bajo qué condiciones, durante cuánto tiempo y con qué responsabilidades.
El Partido Esperanza Democrática presentó al Poder Ejecutivo, el 27 de febrero, un plan migratorio integral que contempla controles más estrictos, la posibilidad de otorgar visados temporales directamente desde Haití y una mayor responsabilidad para los empresarios dominicanos que contraten trabajadores extranjeros.
Esta última propuesta introduce otro elemento fundamental en el debate: la responsabilidad del empleador.
Para Domínguez Trujillo, el problema migratorio no puede atribuirse exclusivamente al extranjero que cruza una frontera o permanece irregularmente en el territorio. También debe examinarse el sistema económico que facilita y, en determinados casos, incentiva la contratación de mano de obra irregular.
De ahí surge su planteamiento de establecer consecuencias directas para quienes participen en ese proceso.
Sustituir la ilegalidad por empleo dominicano
El dirigente del PED ha planteado además que, de alcanzar la Presidencia de la República, pondría en marcha un programa complementario destinado al “desmonte de la mano de obra ilegal”.
La propuesta estaría estructurada en 30 puntos e incluiría incentivos y alivios fiscales temporales para aquellas empresas que sustituyan trabajadores en condición migratoria irregular por trabajadores dominicanos.
La lógica detrás de esta iniciativa es sencilla, aunque su ejecución implicaría importantes desafíos: si una parte del mercado laboral depende de trabajadores extranjeros en situación irregular, el Estado debe crear condiciones para que las empresas encuentren alternativas dentro de la propia población dominicana.
“No es un discurso improvisado; es un plan serio, con soluciones reales y responsables”, enfatizó.
La discusión, sin embargo, trasciende la simple sustitución de trabajadores. También obliga a plantear preguntas sobre los salarios, la capacitación, la productividad, la seguridad social y las condiciones laborales que deberían acompañar cualquier proceso de incorporación de trabajadores dominicanos.
Porque no bastaría con cerrar una puerta. Sería necesario abrir otra.
La defensa del empleo nacional tendría que estar acompañada de políticas que preparen a los ciudadanos para ocupar los puestos disponibles, incentiven la formación técnica y reduzcan las barreras que impiden a muchos dominicanos acceder a determinadas actividades productivas.
En otras palabras, el desafío migratorio también puede convertirse en un desafío de desarrollo nacional.
Identidad y soberanía como eje político
En el fondo de todas estas posiciones aparece un mismo concepto: la identidad nacional.
Para Domínguez Trujillo, la soberanía, la defensa de las fronteras y la preservación de la identidad dominicana no son asuntos aislados, sino elementos de una misma concepción política. Desde sus primeros años de actividad pública, ha presentado estas ideas como pilares de su proyecto.
Su discurso parte de la convicción de que una nación necesita conocer sus límites, defender sus instituciones y preservar aquellos elementos históricos y culturales que le otorgan una identidad propia.
La bandera, el escudo y los demás símbolos nacionales adquieren así un significado que va más allá de lo ceremonial. Representan, en su interpretación, la continuidad histórica de un pueblo y su derecho a decidir su propio destino.
De ahí que su aparición pública portando el escudo dominicano, en lugar de los símbolos partidarios, tuviera una carga política y simbólica particular. En momentos de tensión nacional, quiso colocar la idea de República por encima de la organización partidaria.
Ese gesto resume buena parte de su planteamiento: la política puede dividirse entre partidos, ideologías y candidatos, pero la soberanía pertenece a todos.
El debate sobre estas posiciones continuará generando controversias. Habrá quienes consideren necesarias determinadas formas de cooperación internacional y quienes adviertan sobre los riesgos de una excesiva injerencia externa. También existirán opiniones encontradas respecto de las políticas migratorias, las deportaciones y las responsabilidades de los empleadores.
Pero, más allá de las posiciones a favor o en contra, existe una cuestión que permanece en el centro de la discusión: ¿hasta dónde puede y debe llegar la intervención de los organismos internacionales en las decisiones soberanas de un Estado?
Y, junto a esa pregunta, aparece otra todavía más compleja: ¿cómo puede la República Dominicana proteger su identidad, controlar sus fronteras y garantizar oportunidades para sus ciudadanos sin apartarse de los principios de respeto a los derechos humanos y del derecho internacional?
Son preguntas que no admiten respuestas simples.
Para Domínguez Trujillo, sin embargo, existe una certeza: la defensa de la soberanía dominicana seguirá siendo uno de los ejes fundamentales de su proyecto político. Y mientras la nación continúe enfrentando los desafíos derivados de la migración, la presión internacional y las transformaciones de su realidad económica y social, el debate sobre identidad, frontera y soberanía seguirá ocupando un lugar decisivo en el futuro de la República Dominicana.
Yo viví en Ceuta, la puerta de África
Nelson Rodrigues Tatis
Ceuta, la puerta de África
Viví durante varios años en Ceuta, España, una ciudad que dejó una huella profunda en mi memoria y en mi manera de comprender el mundo. Ceuta no era para mí simplemente un lugar donde residir; era una ciudad singular, un punto de encuentro entre continentes, culturas, religiones y pueblos diferentes.
Durante aquellos años tuve la oportunidad de escribir y elaborar un programa de radio dedicado a la solidaridad y a la multiculturalidad. Fue una experiencia inolvidable, porque me permitió conocer de cerca una realidad humana extraordinaria: personas de distintos orígenes que compartían un mismo espacio, con sus costumbres, sus historias, sus creencias y sus esperanzas.
Por eso siempre llamé a Ceuta “la puerta de África”.
Era una ciudad única, suspendida entre dos mundos. Desde sus costas podía sentirse la presencia de dos mares: el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Sus aguas, sus vientos y sus paisajes parecían llevar consigo los aromas de tierras lejanas. Allí, Europa y África se miraban frente a frente, separadas por una frontera, pero unidas por siglos de historia.
Ceuta tenía algo difícil de explicar con palabras. Era el lugar donde el aroma salino del mar se mezclaba con los sonidos, los colores y las tradiciones procedentes del continente africano. En sus calles convivían diferentes culturas y religiones, y esa diversidad formaba parte de la identidad cotidiana de la ciudad.
Mi trabajo en la radio me permitió vivir esa multiculturalidad desde una perspectiva especialmente humana. No se trataba solamente de hablar de diferencias culturales, sino de escuchar a las personas, conocer sus historias y descubrir aquello que nos une por encima de nuestras diferencias.
Recuerdo aquella etapa con una profunda nostalgia. Para mí, aquella Ceuta representaba una posibilidad de convivencia: una ciudad fronteriza que podía demostrar que la diversidad, cuando existe respeto y voluntad de integración, no necesariamente tiene que convertirse en conflicto.
Con el paso del tiempo, sin embargo, comencé a percibir cambios que me hicieron sentir que aquella imagen de la ciudad que había conocido se estaba transformando. El fenómeno migratorio, las tensiones fronterizas y determinadas situaciones relacionadas con la presión ejercida sobre el territorio fueron modificando, a mi juicio, parte de aquella convivencia que yo había vivido.
Cuando miro hacia atrás, siento que algo de aquella Ceuta se ha ido perdiendo.
No lo digo desde el rechazo hacia un pueblo, una cultura o un continente. Al contrario: mi experiencia en Ceuta me enseñó precisamente a conocer y valorar la riqueza que puede existir cuando diferentes culturas conviven en un mismo espacio. Mi crítica se dirige a los abusos, a la falta de control y a cualquier actuación que termine perjudicando la convivencia, la seguridad y el equilibrio de una ciudad tan especial.
Los pueblos marroquí y africano forman parte de una realidad humana con la que Ceuta ha convivido durante generaciones. Pero ninguna relación puede sostenerse indefinidamente si desaparecen el respeto mutuo, las reglas y la responsabilidad de las instituciones.
Ceuta necesita conservar aquello que la hizo especial: su capacidad de ser puente sin dejar de ser frontera; lugar de encuentro sin perder su identidad; espacio de convivencia sin renunciar al orden y a la seguridad.
Por eso, cuando recuerdo aquellos años, no puedo evitar preguntarme qué ocurrió con aquella ciudad que conocí.
Aquella Ceuta, la puerta de África, donde dos mares parecían abrazarse y donde las culturas podían encontrarse, permanece en mi memoria como una experiencia irrepetible.
Quizás ese sea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: aprender a convivir con la diversidad sin permitir que la diversidad destruya aquello que hace posible la convivencia.
Y yo, que tuve el privilegio de vivirlo desde dentro, de escribir sobre ello y de llevarlo a la radio, puedo decir que aquella Ceuta forma parte de mi historia personal. Una historia marcada por el mar, por África, por Europa y, sobre todo, por el recuerdo de una ciudad que alguna vez sentí como un verdadero puente entre dos mundos.
Tras los insultos del presidente Argentino Milei al presidente Brasil Lula
Una delegación de legisladores opositores a la ultraderecha que gobierna Argentina viajará la próxima semana a Brasil. El propósito de la visita será intentar encauzar la relación bilateral, en medio del conflicto diplomático generado por los insultos del presidente Javier Milei a su par Luiz Inácio Lula da Silva. Integrada por diputados y senadores de distintas fuerzas políticas, la comitiva tiene previsto reunirse el miércoles que viene con representantes de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, de la Cancillería y la Presidencia brasileñas.
“Vamos a viajar a Brasilia para mantener reuniones en el marco de la diplomacia parlamentaria”, anunció este miércoles el diputado Nicolás Massot. El legislador, miembro de la bancada centrista Encuentro Federal, le advirtió al Gobierno de Milei que “no hay ningún mandato electoral, por más fuerte que sea, que le permita al Poder Ejecutivo llevarse puestos [avasallar] 40 años de relaciones bilaterales estratégicas”.
El vínculo diplomático entre Argentina y Brasil atraviesa su peor momento, al menos desde la restauración democrática a mediados de los años ochenta. Hace un mes, Milei participó en São Paulo del lanzamiento de la candidatura de Flávio Bolsonaro, quien enfrentará a Lula en las elecciones presidenciales de octubre. Allí calificó al presidente brasileño de “ladrón” y “presidiario”, además de incluirlo entre la “basura socialista”. También agredió a un juez del máximo tribunal local. En respuesta a los agravios, Brasil retiró a su embajador en Buenos Aires y rebajó la relación bilateral al nivel de “encargados de negocios”. El embajador argentino en Brasilia también fue llamado a su país y aún no retomó sus funciones.
Al anunciar el viaje a la capital brasileña durante una sesión de la Cámara de Diputados, Massot definió como “una irresponsabilidad y también una ingratitud” por parte de Milei la interrupción de las relaciones diplomáticas oficiales de Argentina con su “principal socio comercial y geopolítico”. Además de recordar los múltiples lazos entre ambos países, destacó la importancia del Mercosur y el apoyo brasileño al reclamo argentino de soberanía sobre las Islas Malvinas, entre otras cosas.
Aunque aún no está confirmada la integración de la delegación que visitará Brasilia, se estima que habrá legisladores de la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, la Coalición Cívica, el partido peronista (PJ) y de otras fuerzas. Según los organizadores, estará representado alrededor del 60% de los partidos con bancas parlamentarias. La iniciativa, aseguró Massot, tendrá carácter “institucional”. “No buscamos ninguna intervención partidaria”, señaló. A la vez, la comitiva aspira a dejar un mensaje claro: las agresiones de Milei corren por su cuenta y no tienen el respaldo de la mayoría del arco político argentino.
Las fuerzas opositoras que buscarán recomponer la relación entre las dos mayores economías de Sudamérica apoyaron este miércoles, en la Cámara de Diputados, una propuesta de declaración para repudiar los agravios del presidente contra Lula y “ratificar el carácter estratégico de las relaciones bilaterales entre Argentina y Brasil”. El proyecto, que también impulsaba citar al canciller, Pablo Quirno, para que dé explicaciones en el Congreso, cosechó el voto a favor de 128 legisladores, el rechazo de 108 y la abstención de otros 9. Como no estaba en el temario del día y necesitaba el aval de dos tercios de los diputados, su tratamiento fue obturado por la ultraderecha de Milei y sus aliados, pese a que contaba con la mayoría de los votos.
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