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sábado, 29 de agosto de 2026

Con Trump nadie tiene privilegios: El ICE detuvo al influencer Milo Yiannopoulos por quedarse ilegalmente en el país

Arrestaron al ex asesor de Kanye West y ex figura de la derecha estadounidense por estar de ilegal en los Estados Unidos.

Milo Yiannopoulos, la exfigura de la derecha estadounidense que rompió con el movimiento trumpista hace ya varios años, fue detenido en la ciudad de Nueva Orleans por permanecer ilegalmente en Estados Unidos, según confirmó el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés).

El influencer ingresó legalmente al país en 2019 desde el Reino Unido y se excedió en el plazo de su visa, por lo que un juez de inmigración le dictó una orden de deportación definitiva el pasado 22 de julio, luego de que Yiannopoulos no se presentara a su audiencia clave.
"Estar detenido es una opción. Alentamos a todos los extranjeros ilegales a tomar el control de su salida con la aplicación CBP Home. Estados Unidos ofrece a los extranjeros ilegales 3.000 dólares y un vuelo gratuito para autodeportarse ahora", comunicó el DHS.

El influencer tenía una orden de deportación firmada por un juez.

"Instamos a cada persona que se encuentra aquí ilegalmente a aprovechar esta oferta y conservar la oportunidad de regresar a los EE. UU. de la manera legal correcta para vivir el sueño americano. De lo contrario, serán arrestados y deportados sin posibilidad de retorno", sentenció el departamento.

Yiannopoulos alcanzó la fama en el período electoral de 2016, presentándose como una figura combativa dentro de la derecha estadounidense y un enérgico defensor de las políticas de un entonces candidato Trump. Su carrera se derrumbó después de las elecciones, y el movimiento MAGA lo marginó para siempre luego de que hiciera declaraciones en las que aparentemente defendía las relaciones sexuales entre hombres mayores y menores de edad.
Posteriormente, se desempeñó durante varios años como jefe de gabinete de Kanye West y también trabajó como pasante para la entonces diputada por Georgia, Marjorie Taylor Greene, quien junto a Tucker Carlson y otros republicanos delirantes buscan conformar un partido "de derecha sin Trump" con miras a las elecciones presidenciales de 2028.

“Más que duplica nuestras reservas” Trump anunció el mayor acuerdo petrolero de la historia con Venezuela

 
El acuerdo otorgaría a Estados Unidos el control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de crudo.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció ayer viernes un histórico acuerdo petrolero con Venezuela mediante el cual Washington habría obtenido el control mayoritario sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas de crudo venezolano, una operación que el mandatario calificó como el “mayor acuerdo petrolero de la historia mundial”.
Trump comunicó el entendimiento a través de Truth Social y aseguró que la operación “más que duplica” las reservas petroleras estadounidenses, incrementará significativamente la oferta energética del país y contribuirá a reducir el precio de la gasolina para los consumidores norteamericanos durante los próximos años.
Según explicó el mandatario, el acuerdo fue alcanzado bajo su dirección por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Guerra, Pete Hegseth, quienes trabajaron junto a la presidenta interina venezolana, Delcy Rodríguez, y representantes del sector privado.

“Han asegurado el control mayoritario de Estados Unidos sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo en Venezuela, sin costo para el contribuyente estadounidense”, afirmó Trump.
Horas después, Rubio amplió los alcances del entendimiento y lo calificó como una importante victoria tanto para Estados Unidos como para Venezuela. El secretario de Estado sostuvo que el pacto representa un nuevo resultado de la política exterior de “America First” impulsada por Trump, al garantizar reservas energéticas estables y petróleo de bajo costo dentro del propio continente americano.
Además del impacto sobre el suministro estadounidense, Rubio aseguró que el acuerdo tendrá consecuencias directas sobre la economía venezolana. Según anticipó, la operación permitirá movilizar casi USD 100.000 millones en inversiones privadas, respaldará miles de puestos de trabajo bien remunerados y contribuirá a la reconstrucción de la economía del país sudamericano.

Para Washington, el entendimiento representa además una ampliación considerable de su influencia sobre uno de los mayores reservorios energéticos del planeta. Venezuela posee aproximadamente 303.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo, las más grandes a nivel mundial.
El anuncio marca también un nuevo capítulo en la relación entre ambos países. La administración Trump busca convertir los recursos energéticos venezolanos en una fuente estable de abastecimiento para Estados Unidos y, al mismo tiempo, fomentar una recuperación de la infraestructura petrolera mediante capital privado.
Sin embargo, todavía no se difundieron públicamente los documentos completos del acuerdo. Tampoco fueron precisados qué empresas participarán, cuáles serán los campos petroleros involucrados ni bajo qué mecanismo jurídico se ejercerá el denominado “control mayoritario” estadounidense.
Trump presentó el pacto como una victoria estratégica para la seguridad energética de Estados Unidos, mientras que Rubio puso el foco también en su potencial para atraer inversiones, generar empleo y reactivar la deteriorada economía venezolana.

CUANDO LA EMISORA ERA EN PUERTO RICO "La selva dentro de la Radio"

 

En PUERTO RICO
La selva dentro de la Radio

Hubo una época en que encender la radio en Puerto Rico era entrar, sin darse cuenta, en una especie de selva sonora.
No hacía falta escuchar rugidos ni caminar entre árboles. Bastaba mover lentamente el dial. De una frecuencia a otra aparecían personajes que parecían haber salido de un bestiario caribeño: búhos, coyotes, lobos, osos, tucanes y otras criaturas convertidas en voces, firmas y personalidades del aire.
La radio tenía esa particularidad: podía transformar a un hombre común en un personaje inolvidable.

En aquellos años, el nombre de pila muchas veces quedaba en la puerta del estudio. Frente al micrófono comenzaba otra vida. El locutor necesitaba un nombre que pudiera entrar por el oído, quedarse en la memoria y, sobre todo, construir una identidad. No era solamente un apodo. Era una marca de fábrica.
Así nacieron muchos de aquellos nombres extravagantes que terminaron siendo más conocidos que los nombres escritos en las cédulas.

La fórmula tenía algo de juego y algo de estrategia. Un nombre demasiado formal podía sonar distante. Uno demasiado común podía perderse entre tantas voces. Pero un animal tenía otra fuerza. El animal sugería carácter. El búho podía representar la noche y la observación; el lobo, la intensidad; el coyote, la picardía; el oso, la presencia; el tucán, la extravagancia.

Cada criatura decía algo antes de que el locutor pronunciara una sola palabra.

Y ahí estaba el verdadero secreto.

La radio siempre ha necesitado personajes.

Mucho antes de que las redes sociales convirtieran a todo el mundo en una posible marca personal, los locutores ya entendían que la audiencia no solamente escuchaba programas: escuchaba personalidades. El nombre era parte del espectáculo. Era la puerta de entrada a una relación íntima entre quien hablaba desde una cabina y quien lo escuchaba desde un automóvil, una cocina, un taller, una oficina o una habitación.

En la radio, la voz no tiene rostro.

Por eso necesita imaginación.
Un buen sobrenombre podía hacer visible a quien estaba escondido detrás del micrófono. Podía convertir una voz desconocida en un personaje reconocible. Y cuando ese personaje lograba instalarse en la memoria colectiva, ocurría algo extraordinario: el apodo dejaba de pertenecer al locutor y comenzaba a pertenecer también al público.
Ya no era simplemente un nombre.

Era una época.
Algunos de aquellos personajes nacieron por casualidad; otros fueron escogidos deliberadamente. Unos surgieron de una característica física, otros de una personalidad, del horario de trabajo, del tipo de música o de la necesidad de diferenciarse dentro de una emisora donde todos buscaban su propio espacio.

También había algo profundamente puertorriqueño en aquella costumbre.

Aquí siempre hemos tenido facilidad para bautizar a la gente.

El sobrenombre es una forma de memoria popular. A veces nace de una ocurrencia; otras, de una exageración; en ocasiones, de una burla que termina convertida en cariño. El apodo puede perseguir a una persona durante toda la vida, pero cuando se trata de la radio, puede convertirse en una carrera.

Eso ocurrió con muchos de aquellos animales del dial.

El Búho, por ejemplo, encontró en su nombre una manera de construir una identidad que trascendió el simple turno radial. El Molusco convirtió una palabra inesperada en una personalidad reconocible. El Coyote, El Lobo y otros nombres semejantes demostraron que la imaginación podía tener tanto valor comercial como una buena voz o una excelente selección musical.

La radio sabía vender fantasía sin necesidad de mostrar una imagen.

Y quizás por eso aquellos nombres funcionaban tan bien.
Había que imaginarlos.
El oyente completaba el personaje con su propia imaginación. Le ponía rostro, gestos, ropa, manera de caminar. La voz hacía el resto.
Eso explica también por qué determinados programas parecían pequeñas compañías teatrales. Había conductores, secundarios, personajes, investigadores, bufones, antagonistas y protagonistas. El estudio podía ser diminuto, pero el mundo que se construía desde allí era enorme.

Con el tiempo, la tecnología cambió. Llegaron nuevas plataformas, nuevas formas de entretenimiento y una audiencia acostumbrada a ver el rostro detrás de la voz. La radio dejó de ser aquel reino exclusivamente sonoro y comenzó a convivir con cámaras, redes sociales y transmisiones en vivo.
Pero hay algo que permanece.
La necesidad de tener un nombre que la gente recuerde.

Porque detrás de cada sobrenombre exitoso hay una lección de comunicación que todavía conserva vigencia: la identidad importa.

En la radio, un buen nombre podía ser la diferencia entre pasar inadvertido y convertirse en personaje. Podía transformar una voz en compañía. Podía hacer que alguien dijera: “Ese es mi locutor”.
Y quizá esa sea la verdadera historia de aquellos animales.
No eran solamente apodos.

Eran disfraces sonoros.
Eran pequeñas máscaras que permitían a un ser humano entrar al aire y convertirse, durante unas horas, en alguien más grande que su propio nombre.

Por eso, cuando uno recuerda aquella radio, no recuerda solamente frecuencias, canciones o programas.

Recuerda voces.

Recuerda personajes.

Recuerda animales.

Y comprende que, durante muchos años, detrás de los micrófonos de Puerto Rico existió una selva particular, una selva hecha de palabras, música, humor y personalidad, donde cada rugido tenía una voz y cada voz tenía un nombre.

Una selva que, aunque los tiempos hayan cambiado, todavía vive en la memoria de quienes alguna vez aprendieron a conocer a sus locutores sin haberles visto jamás la cara.