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domingo, 5 de abril de 2026

¿El fin de la OTAN?

 

Durante setenta y cinco años, Estados Unidos pone el paraguas nuclear, paga la mayor parte de la factura militar, despliega decenas de miles de soldados en suelo europeo, rescata al continente ca
da vez que la cosa se pone fea... y, cuando inicia una guerra con un régimen teocrático que lleva casi medio siglo gritando «Muerte a América» y «Muerte a Israel», varias capitales europeas deciden hacerse las ofendidas, mirar al techo y negar el paso a los aviones del socio que las protege.

España cerró su espacio aéreo a vuelos militares estadounidenses vinculados a la campaña contra Irán y ya había negado el uso de Rota y Morón para operaciones relacionadas con el conflicto. Italia bloqueó el uso de Sigonella. Francia negó el sobrevuelo a un vuelo israelí que transportaba armamento estadounidense.

Y, de golpe, en Washington se ha empezado a formular en voz alta una pregunta que hasta hace poco solo resonaba en los márgenes del trumpismo: si Europa quiere el escudo americano pero se esconde cuando truena, ¿por qué demonios debería seguir existiendo la OTAN tal y como la hemos conocido?

La izquierda europea, como siempre, ha reaccionado con una mezcla de superioridad moral y amnesia histórica. Superioridad moral, porque en Bruselas y Madrid se ha vuelto a vender la idea de que el verdadero problema no es el régimen iraní, sino el mal gusto, la brusquedad y la unilateralidad de Washington. Y amnesia histórica, porque el continente parece haber olvidado dos cosas elementales: primera, que Irán es un estado revolucionario que ha armado, financiado y dirigido durante años a proxies que han atacado a Israel, a intereses americanos y a las rutas marítimas de las que depende media economía mundial; y segunda, que Europa lleva décadas disfrutando de una seguridad subvencionada por un contribuyente americano cada vez más harto de pagar la fiesta y encima aguantar el sermón.
Conviene decir algo que en demasiadas capitales se oculta deliberadamente: el problema de Irán no empieza ni termina con Trump. El régimen chiíta no solo ha hecho del antiamericanismo y del antisemitismo de Estado una seña de identidad; también ha convertido la desestabilización regional en la base de su política exterior. Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen y las milicias chiítas en Irak y Siria no crecieron por generación espontánea. Son hijos de Teherán.

A eso se suma la cuestión nuclear. Durante demasiado tiempo Europa quiso creer que todo podía resolverse con comunicados, reuniones en Viena y otra ronda más de diplomacia. Mientras tanto, el régimen seguía enriqueciendo uranio a niveles que ya no tienen explicación civil creíble y desarrollando misiles cada vez con más alcance. La idea de dejar que un poder revolucionario, teocrático y abiertamente hostil alcance el umbral nuclear es una forma especialmente cara de estupidez estratégica.

Y luego está Ormuz. Por ahí circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el planeta. Cuando Teherán amenaza con bloquearlo o empieza a hacerlo de facto con minas, drones, hostigamiento y peajes mafiosos, toma como rehén al mundo entero. Ya lo intentó en la guerra de los petroleros a finales de los ochenta, cuando Estados Unidos tuvo que intervenir para proteger la navegación. Estamos ante un patrón de conducta repetido.
Así son las minas navales que bloquean el estrecho de Ormuz y permiten a Irán imponer peajes

Por eso, desde la perspectiva americana, la reacción europea suena obscena. Europa disfruta del libre flujo de energía, del orden marítimo que patrulla la US Navy y del efecto disuasorio de la potencia militar norteamericana. Pero cuando llega la hora de respaldar, aunque solo sea logísticamente, la defensa de ese mismo orden, nuestros guardianes de la legalidad universal descubren de repente que la OTAN es una alianza «defensiva», que el mandato no está claro o que el procedimiento no les convence. Yo a eso le llamo ser un gorrón.

Según las estimaciones publicadas por la propia OTAN para 2025, Estados Unidos gastará alrededor de 980.000 millones de dólares en defensa. Toda la OTAN europea, más Canadá, sumará unos 608.000 millones. Es decir: Washington sigue poniendo mucho más que el resto de sus aliados europeos y canadienses juntos. Hasta aquí los datos. Ahora viene la pregunta incómoda: ¿quién sostiene realmente el esqueleto de la Alianza?

Antes de la invasión rusa de Ucrania, Estados Unidos mantenía en Europa alrededor de 80.000 soldados entre presencia permanente y rotacional. Tras el ataque de Putin, Washington elevó esa cifra por encima de 100.000. Europa, mientras tanto, lleva años prometiendo «autonomía estratégica» con la misma convicción con la que mis hijos prometen ordenar su cuarto.

Y sin embargo, a pesar de esa dependencia, en buena parte del discurso europeo sigue instalada la ficción de que Estados Unidos es poco menos que un socio molesto, vulgar y agresivo, mientras Europa representaría la civilización, la prudencia y la templanza. Curioso refinamiento el de un continente que lleva setenta años descansando bajo un paraguas nuclear ajeno mientras destina el dividendo de la paz a engordar estados del bienestar que no se sostendrían ni diez minutos si Washington decidiera de verdad replegarse.
También conviene refrescar otra memoria que Europa olvida. Si hoy Putin no está sentado a las puertas de Varsovia o presionando militarmente la frontera polaca, no es porque Bruselas descubriera de repente las virtudes de Clausewitz. Es porque Estados Unidos reaccionó con una rapidez y una determinación que Europa, sencillamente, no tuvo. Dos días después de la invasión, Washington ya había autorizado un paquete de ayuda militar adicional de 350 millones de dólares. Para abril de 2022, el flujo de armas y asistencia militar estadounidense ya alcanzaba 1.700 millones y, como reconocía entonces la propia Casa Blanca, llegaban armas «cada día».

¿Quiere eso decir que Europa no ha ayudado a Ucrania? No. Ha ayudado, y en 2025 aumentó notablemente su contribución. Pero en el momento crítico, en los días en que Kiev podía caer y la guerra podía convertirse en una victoria relámpago del Kremlin, quien puso primero el dinero, la inteligencia, la logística, el equipo y la voluntad política fue Washington. Sin ese reflejo inmediato, no es descabellado pensar que hoy estaríamos debatiendo no sobre Ormuz, sino sobre cómo defender el flanco oriental de la OTAN.

Por eso resulta tan irritante escuchar a ciertos comentaristas europeos hablar de Estados Unidos como si fuera una mezcla de pirómano, patán y socio prescindible. Cuando Putin quiso tragarse Ucrania, el continente descubrió que su grandioso orden normativo sin la muleta militar americana vale muy poco.

Ahora bien, conviene no vender humo en sentido contrario. Que Trump amenace con salir de la OTAN no significa que hacerlo sea jurídicamente sencillo. El Tratado del Atlántico Norte, en su artículo 13, permite a cualquier miembro abandonar la Alianza un año después de notificar su denuncia a Estados Unidos. Sobre el papel, parece fácil. En la práctica americana ya no lo es tanto.

La ironía es divertida: una ley impulsada en 2023 por Tim Kaine y Marco Rubio - sí, el mismo Rubio que hoy forma parte de una administración mucho más dura con Europa - prohíbe que un presidente retire unilateralmente a Estados Unidos de la OTAN sin el visto bueno de dos tercios del Senado o una ley del Congreso. Además, bloquea el uso de fondos federales para ejecutar esa retirada sin esa autorización. Dicho de otro modo: el portazo formal está jurídicamente bastante blindado.

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