La comparecencia de la pareja en la televisión
pública contrastó con el secretismo que caracteriza la vida privada de
los políticos en Rusia, pero simplemente ratificó lo que todo el mundo
sospechaba: el presidente y su esposa ya no viven juntos.
"Lo dijeron ellos mismos. Desde hace algún tiempo
ya no viven juntos. Hace tiempo que se separaron", explicó al día
siguiente Dmitri Peskov, el estoico portavoz del Kremlin, al que la
prensa atosigó a preguntas.
En realidad, Ludmila, de 55 años, sólo ejerció de
primera dama durante los primeros años, ya que con el paso del tiempo
cada vez se hicieron más contadas sus apariciones públicas.
Sus largas ausencias dispararon los rumores sobre
su estado de salud e incluso la prensa local informó de que Ludmila
había ingresado en un convento y emulado así a otras consortes de la
época de los zares.
Pedro I El Grande, quizás el gobernante más
influyente de la historia de este país, fue el único dirigente ruso que
se divorció mientras estaba en el poder, hace más de trescientos años,
tras lo que se esposa fue recluida en un convento.
Pese a su visible nerviosismo, Ludmila resumió con
claridad las causas de la crisis matrimonial: "Nuestro matrimonio ha
terminado debido a que prácticamente no nos vemos. Vladímir
Vladímirovich (patronímico de Putin) está totalmente enfrascado en su
trabajo".
Ludmila, que conoció a Putin cuando trabajaba como
azafata para una aerolínea soviética, reconoció en una biografía que no
supo que su marido trabajaba para el KGB hasta un año y medio después
de haberse casado.
Y es que Putin, que se ha definido a si mismo como
un "esclavo en las galeras" del poder, recuperó la tradición de los
dirigentes soviéticos, que optaban por ocultar a sus esposas entre las
murallas rojas del Kremlin.
"El presidente trabaja por el país, piensa en el
país y está casado con el país", afirmó Vladímir Slatinov, analista
político, a la agencia oficial RIA-Nóvosti
El último dirigente soviético, Mijaíl Gorbachov,
rompió esa tradición, en gran medida debido al imponente carisma de su
esposa, Raísa, que se granjeó la admiración muchos soviéticos, pero
también no pocas críticas de los sectores más tradicionalistas.
La prensa amarilla llegó a informar acerca de una
posible relación sentimental entre Putin y la doble campeona olímpica de
gimnasia rítmica y diputada oficialista Alina Kabáeva, de 30 años y
considerada una de las mujeres más bellas de Rusia.
Consciente de la imperiosa necesidad de una
aclaración, el portavoz de Putin puso los puntos sobre las íes sobre la
posible presencia de otra mujer en la vida del jefe del Estado.
"No es nada difícil, aun sin ser un experto, ver
el horario de trabajo de Putin, y entender que su vida, lamentablemente,
no está de ninguna manera atada a una relación sentimental", dijo a la
emisora de radio "Eco de Moscú".
Su vida, agregó Peskov, "está atada sólo a sus obligaciones, a las responsabilidades que asume como jefe del Estado".
En cuanto a la posibilidad de que el jefe del
Kremlin pueda casarse de nuevo, como hiciera el expresidente francés,
Nicolas Sarzkozy, Peskov aseguró que se tratan de "rumores y chismes".
El Kremlin también reconoció que el divorcio aún
no ha sido formalizado legalmente, aunque insistió en que la pareja, que
tiene dos hijas (María y Yekaterina), conserva una magnífica relación
personal.
Hasta uno de sus mayores críticos y dirigente de
la oposición no parlamentaria, Borís Nemtsov, reconoció que Putin había
actuado con honestidad al anunciar su divorcio.
Putin, de 60 años, es un creyente confeso que ha
contribuido a la defensa de los valores familiares y a aumentar la
influencia de la Iglesia Ortodoxa Rusa, por lo que su decisión de
divorciarse podría sentar mal a los sectores más conservadores.
Según una encuesta, un 71 por ciento de los rusos
considera que la pareja presidencial tiene todo el derecho a divorciarse
como el resto de los mortales.
Mientras, un 20 por ciento opina todo lo contrario
y manifestó abiertamente su desacuerdo con frases como "El divorcio es
inaceptable" o "Es un mal ejemplo".
Sea como sea, los analistas creen que los rusos se
solidarizarán con Putin, ya que el divorcio es una práctica muy
habitual en este país, y más que perjudicar, aumentará su popularidad,
ya que humanizará al presidente a ojos de sus conciudadanos.

