Nelson Rodrigues Tatis
Ceuta, la puerta de África
Viví durante varios años en Ceuta, España, una ciudad que dejó una huella profunda en mi memoria y en mi manera de comprender el mundo. Ceuta no era para mí simplemente un lugar donde residir; era una ciudad singular, un punto de encuentro entre continentes, culturas, religiones y pueblos diferentes.
Durante aquellos años tuve la oportunidad de escribir y elaborar un programa de radio dedicado a la solidaridad y a la multiculturalidad. Fue una experiencia inolvidable, porque me permitió conocer de cerca una realidad humana extraordinaria: personas de distintos orígenes que compartían un mismo espacio, con sus costumbres, sus historias, sus creencias y sus esperanzas.
Por eso siempre llamé a Ceuta “la puerta de África”.
Era una ciudad única, suspendida entre dos mundos. Desde sus costas podía sentirse la presencia de dos mares: el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Sus aguas, sus vientos y sus paisajes parecían llevar consigo los aromas de tierras lejanas. Allí, Europa y África se miraban frente a frente, separadas por una frontera, pero unidas por siglos de historia.
Ceuta tenía algo difícil de explicar con palabras. Era el lugar donde el aroma salino del mar se mezclaba con los sonidos, los colores y las tradiciones procedentes del continente africano. En sus calles convivían diferentes culturas y religiones, y esa diversidad formaba parte de la identidad cotidiana de la ciudad.
Mi trabajo en la radio me permitió vivir esa multiculturalidad desde una perspectiva especialmente humana. No se trataba solamente de hablar de diferencias culturales, sino de escuchar a las personas, conocer sus historias y descubrir aquello que nos une por encima de nuestras diferencias.
Recuerdo aquella etapa con una profunda nostalgia. Para mí, aquella Ceuta representaba una posibilidad de convivencia: una ciudad fronteriza que podía demostrar que la diversidad, cuando existe respeto y voluntad de integración, no necesariamente tiene que convertirse en conflicto.
Con el paso del tiempo, sin embargo, comencé a percibir cambios que me hicieron sentir que aquella imagen de la ciudad que había conocido se estaba transformando. El fenómeno migratorio, las tensiones fronterizas y determinadas situaciones relacionadas con la presión ejercida sobre el territorio fueron modificando, a mi juicio, parte de aquella convivencia que yo había vivido.
Cuando miro hacia atrás, siento que algo de aquella Ceuta se ha ido perdiendo.
No lo digo desde el rechazo hacia un pueblo, una cultura o un continente. Al contrario: mi experiencia en Ceuta me enseñó precisamente a conocer y valorar la riqueza que puede existir cuando diferentes culturas conviven en un mismo espacio. Mi crítica se dirige a los abusos, a la falta de control y a cualquier actuación que termine perjudicando la convivencia, la seguridad y el equilibrio de una ciudad tan especial.
Los pueblos marroquí y africano forman parte de una realidad humana con la que Ceuta ha convivido durante generaciones. Pero ninguna relación puede sostenerse indefinidamente si desaparecen el respeto mutuo, las reglas y la responsabilidad de las instituciones.
Ceuta necesita conservar aquello que la hizo especial: su capacidad de ser puente sin dejar de ser frontera; lugar de encuentro sin perder su identidad; espacio de convivencia sin renunciar al orden y a la seguridad.
Por eso, cuando recuerdo aquellos años, no puedo evitar preguntarme qué ocurrió con aquella ciudad que conocí.
Aquella Ceuta, la puerta de África, donde dos mares parecían abrazarse y donde las culturas podían encontrarse, permanece en mi memoria como una experiencia irrepetible.
Quizás ese sea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: aprender a convivir con la diversidad sin permitir que la diversidad destruya aquello que hace posible la convivencia.
Y yo, que tuve el privilegio de vivirlo desde dentro, de escribir sobre ello y de llevarlo a la radio, puedo decir que aquella Ceuta forma parte de mi historia personal. Una historia marcada por el mar, por África, por Europa y, sobre todo, por el recuerdo de una ciudad que alguna vez sentí como un verdadero puente entre dos mundos.
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