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lunes, 23 de febrero de 2026
Cubanos sufren enormes carencias mientras el régimen castrista se aferra a las consignas
En un viejo campo de tiro, ubicado en el reparto Camilo Cienfuegos, al este de La Habana, alrededor de veinte personas esperan la llegada de funcionarios del partido comunista municipal y oficiales de las fuerzas armadas para comenzar una nueva jornada de preparación militar.
Una densa niebla cubre el terreno, debido a la quema de basureros. En los edificios aledaños, curiosos observan con guasa cómo varios soldados disponen en una mesa componentes desmontados de un AKM ruso. En una esquina del polígono se despliega una pizarra portátil donde se instruye el uso de minas terrestres y granadas de mano. Al fondo, un anacrónico armamento antiaéreo de la II Guerra Mundial apunta al océano Atlántico, próximo al campo de tiro.
Pasadas las nueve de la mañana, llegan los jefes. Todos gordos, todos vestidos de verde olivo. Cuando bajan con dificultad de los van Mercedes-Benz, se les nota que están fuera de forma.
“Lo único que falta son las rositas de maíz para acompañar este circo. Hay que ser muy carnero para ir un fin de semana a esas preparaciones militares mientras en tu casa no hay luz, no tienes gas, no tienes dinero porque el salario es una miseria y el refrigerador está vacío. Los cubanos tenemos lo que nos merecemos”, dice Yulia, vecina del reparto.
Otros graban con sus celulares y después suben el video a las redes sociales. Antes de comenzar las clases de tiro, un funcionario improvisa un discurso seudopatriótico con frases trilladas. Después, un oficial con grado de mayor lee su alocución y resalta que “mientras exista el imperialismo yanqui, la revolución nunca bajará la guardia. Estamos preparados para derrotar al enemigo que se atreva a invadir a Cuba”.
La arenga es un 'copia y pega' de frases del dictador Fidel Castro, a veces también de José Martí o Antonio Maceo. El funcionario y el militar terminan su perorata con la habitual consigna de patria o muerte, venceremos. Luego de tímidos aplausos comienza la clase.
La frustración de los cubanos es mayúscula. Están cansados de que el régimen hable en nombre de ellos. “Son 67 tacos con la misma muela de justicia social y que no dejarán a nadie abandonado. Pero en la concreta cada vez somos más pobres. Algo tiene que pasar. No sé si una protesta masiva que los obligue a marcharse o que Trump les meta al pie hasta el fondo y negocien. La situación es insoportable”, dice Eder, mientras observa desde su balcón, en un edificio al este de La Habana, a un grupo de mujeres arrastrándose por la yerba y apuntando a la diana con sus AKM.
Una vecina, espera que llegue la luz para empezar a cocinar arroz y frijoles negros. “Si el gobierno está seguro de que la mayoría de la población lo apoya, que hagan un referéndum y que los cubanos elijan el modelo de país que queremos. No lo van a hacer porque ellos saben que nadie los quiere”. A lo lejos se escuchan disparos de los viejos fusiles.
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