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martes, 27 de enero de 2026
Mi abuela solía prenderle una vela, aunque el ídolo de la foto hubiera sido en vida un ateo atroz. Ese recuerdo aún baila en mi memoria junto a una luz que agoniza. De niño, a finales de los años 70 en La Habana, durante los apagones interminables, me aterraba aquella coreografía de sombras sobre el rostro del Che.
Su famosísimo rostro, impreso en un enorme cartel que mi abuela había recogido de la calle tras un desfile militar, lucía heroico, aparentemente inmortal. Sin embargo, ya había pasado una década desde que lo mataran en una escuelita paupérrima de Bolivia, un país al que por entonces yo no sabría localizar en un mapa.
Mi abuela le rezaba a una especie de San Che. Ella no era revolucionaria ni la cabeza de un guanajo, pero sí creía en los espíritus fuertes que se niegan a abandonar este mundo así como así. Por eso, al principio pensé que le rezaba a un tal Sánchez y que eso de Che era solo un diminutivo de cariño.
Luego, en la escuela, aprendí que se llamaba Ernesto Guevara de la Serna. Y que la foto que lo inmortalizaba en el poster era obra de un antiguo fotógrafo de moda llamado Alberto Díaz Gutiérrez, quien más tarde cambiaría su nombre por Korda.
Yo ignoraba que el Che de Korda, tan prominente en las sombras chinescas de mi infancia, era ya una de las imágenes más reproducidas de la historia, rivalizando con la Mona Lisa y con Marilyn Monroe levantando su falda al viento en el cine.
La deidad Guevara se volvió viral mucho antes de la existencia de YouTube, Twitter, Snapchat y Facebook. De Bolivia al Congo, de Vietnam a Sudáfrica, de la URSS a los USA, el Che de Korda devino apóstol del anticapitalismo y sumo icono de los activistas sociales del siglo XX, a pesar de que el Che había predicado la violencia como herramienta para forjar al "Hombre Nuevo" que borraría la explotación sobre la faz de la Tierra.
Che y Korda le dieron la vuelta al mundo. En las barricadas estudiantiles de París, 1968. En la portada del álbum American Life de Madonna. En los pósteres psicodélicos de Jim Fitzpatrick. En las gafas de sol de Jean-Paul Gaultier. En las cajas de puros. En los paquetes de condones. Cristo y Gay, de dormitorio en dormitorio en las universidades. También, en los campamentos de refugiados y las prisiones. Y en la fachada fascistoide del Ministerio del Interior cubano, a ras de la Plaza de la Revolución, en La Habana.
Este Che icónico, fue un significante vacío, híper adaptable. Patrick Symmes, intentando discernir entre el hombre y el mito en su libro Chasing Che: A Motorcycle Journey in Search of the Guevara Legend, le dijo a un reportero de The New York Times: "Mientras más pasa el tiempo, más chic se vuelve el Che, porque cada vez significa menos". El Che no era cubano. Pero en febrero de 1959 se le concedió la nacionalidad cubana "por nacimiento". No era economista. Pero en noviembre de ese mismo año Fidel lo hizo presidente del Banco Nacional de Cuba, donde firmaba el dinero con su seudónimo de tres letras. Ni siquiera era tan apuesto como aparenta, pues sus rasgos se habían abultados tras una vida entera luchando contra el asma. Pero es recordado como el ídolo más fotogénico no solo de la Revolución Cubana.
Para los cubanos de cualquier generación, el Che de Korda no tiene nada que ver con la estética guerrillera, sino con una mezcla sentimental de superstición y socialismo, de ideología e ignorancia, de fidelidad y pavor. Muchos veneran su ausencia como un símbolo de lo que la Revolución Cubana pudo ser y no fue, sin detenerse a pensar que el Che les resultaría hoy insoportable, por su desprecio a toda comercialización mundana.
En la era global donde todo vale, el Che ya no tiene que representar nada en particular, pues puede representar infinitas cosas. Si antaño fue un símbolo de una sociedad que aspiró a la abolición del dinero, hoy el Che es otra de las marcas capitalistas. Una pieza de museo y una pose cool.
Cuando los Rolling Stones tocaron en 2016 en la Ciudad Deportiva (provocadoramente, un Viernes Santo), el Che de Korda les dio la bienvenida a "Sus Satánicas Majestades" con su habitual pose heroica, más el añadido de una anglófona lengua roja saliéndole de la boca.
Mucha gente que en Cuba ya no puede ganarse la vida dignamente con su profesión, por los salarios insolventes con que les paga el Estado, han aprendido a fabricar y vender baratijas del Che, que se agotan como pan caliente en los mercadillos turísticos.
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