5. Huir hacia adelante
Castillo prefirió hacer puras jugadas defensivas, que además le impedían la acumulación de fuerzas para la pelea que se venía.
Esperó hasta el último momento para atacar y cuando lo hizo, no tenía las fuerzas mínimas para enfrentar la coyuntura. Con el agua al cuello se jugó de golpe todas las cartas escondidas que ya lucían impresentables.
La pólvora estaba mojada cuando ayer disolvió el Congreso, algo que ya habían hecho, en diferentes situaciones jurídico-legales, los entonces presidentes Alberto Fujimori en 1992 y Martín Vizcarra en 2019. La diferencia es que sus antecesores sí contaron con el apoyo de las Fuerzas Armadas y la élite económica.
En cambio, Castillo estaba solo y eso precipitó no solo su caída definitiva, sino la imposibilidad de su defensa. También convocó en sus últimos minutos una constituyente, promesa repetida durante la campaña pero que había engavetado para no profundizar el conflicto.
Esta "huida hacia adelante" determina el error final. El gobierno igual estaba caído, pero con este último paso, Castillo y, en cierta forma, los sectores progresistas y de izquierda salieron de la esfera política y se convirtieron en sujetos "legítimamente" perseguidos (otra vez, terruqueados).
Su último movimiento lo inhabilita como actor político en tanto hace injustificable su acción incluso para su gabinete, sus excompañeros de partido y sus aliados internacionales.
Si hubiera esperado la votación del Congreso y el posterior derrocamiento, quizá habría podido denunciar el golpe y tratado de mantenerse en la política, así fuera detenido. Pero después de su iniciativa contra el Congreso difícilmente pueda convertirse en un factor de poder o en un referente.
La gestión del maestro rural terminó evidenciando la incapacidad de los progresistas peruanos para enfrentar al mundo conservador que, después de este fracaso, alimentará su insaciable poder de criminalizar y perseguir a sus adversarios.
Hoy nuevamente Perú vive bajo un gobierno no elegido democráticamente y, por ende, con fuertes dosis de ilegitimidad. Pero nadie habla de elecciones porque eso implicaría traer de vuelta al fantasma de lo popular y lo simbólico que, como demostró Castillo, tiene un peso tremendo en el electorado.
Ese quizá fue su mayor aporte. Su ausencia deja un vacío (electoral) en el territorio popular que alguien tendrá que llenar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario