La imaginación de las élites para amargar la vida a los vulgares humanos no tiene límites. Se inventaron una falsa pandemia para inocularnos la octava maravilla de los venenos, con grafeno trombótico, 4-hidroxibutilo cancerígeno y quien sabe cuántas porquerías más, y como muchos no pasamos por el aro, la siguiente jugada ya asoma la patita.
Son varias las redes sociales que alertan de las alertas telefónicas (valga la redundancia) que nos tienen preparadas, sin nuestro permiso, nuestras “autoridades” formales, esas que tienen mucho “mando”, pero ninguna “autoridad”.
Los teléfonos modernos, sin que nadie nos pregunte, vienen configurados para que esos sinvergüenzas que tanto mandan nos puedan enviar mensajes “de emergencia” cuando les venga en gana. Se nos meten en casa sin pedir permiso, y como siempre, la excusa es que lo hacen por nuestro bien, ese que tantos desvelos les produce. Como cuando aquellos viles esbirros entraron en un domicilio sin orden judicial, también por el bien de los ocupantes. Todo muy normal.
Pero ya han sido varios los que advierten que ese teléfono que suena de modo estridente, además, puede emitir una onda de radio muy dañina. En la serie de artículos “La Tierra en la silla Eléctrica” se aportan numerosos detalles científicos sobre la peligrosidad de los campos electromagnéticos y las ondas de radio. Nada que añadir, salvo que en estos momentos los que mandan están pisando el acelerador, y tanto la 4ª dosis como el encendido de la 5G están relacionados con esto, y la señal de alarma podría fácilmente ser otro paso en esa dirección. Recordemos que nuestro teléfono no lo gobernamos nosotros, sino que lo gobiernan personajes siniestros desde fuera, aunque esté apagado.
Hay quien recomienda que, si oímos sonar la señal de alarma, aislemos el teléfono en una jaula de Faraday (un microondas o papel de aluminio, por ejemplo), y si no podemos, nos alejemos lo más posible de él. La distancia es el mejor factor de protección frente a los agentes físicos, como las radiaciones no ionizantes.
Quien, convenientemente vacunado, reciba una potente señal de radio, bien puede sufrir un colapso cardíaco. Pero será por su bien. Que esté tranquilo.
Los planes incluyen, también, un aviso de emergencia supuestamente real, que nos advierta de un ataque nuclear perpetrado por Putin. Que nadie dude que si Putin sigue sin hacerles el caldo gordo en este aspecto, no tendrán empacho en hacerlo “Ellos” y luego colgarle el muerto.
La radiación, nos dirán, llegará cerca a mi, y deberemos tomarnos todos, para prevenir sus efectos, las pastillas de yodo que nos ofrezcan. La de Chernobyl no llegó todavia, pero esta ya han decidido los expertos que tiene que llegar. Y llegará.
La amenaza será tan real como el famoso virus del gamusino, y así nos lo contarán los medios de desinformación apesebrados y los políticos de todos los colores.
Grafenados todos con las vacunas y las pastillas de “yodo”, y fritos con nuestros teléfonos, la culpa de la mortalidad será huérfana o, mejor aún, de Putin.
Resumiendo, no aparte el teléfono de la oreja, para enterarse antes que nadie de la última bomba atómica que tire Putin –real o imaginaria-, y luego vaya corriendo a tomarse una tortilla de yodo, enriquecido con grafeno.
El ganado ovino/vacuno está de enhorabuena. La fiesta no termina y cada día trae nuevas amenazas para mantener vivo el miedo.

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