Además de futbolística, Brasil es una superpotencia musical, y la fiesta de bienvenida de la Jornada Mundial de la Juventud fue cuidadosamente preparada para estar a la altura. La llegada del Papa en helicóptero al Fuerte de Copacabana, en el extremo norte de la playa, fue el disparo de salida de un espectáculo de música y teatro en el que 150 jóvenes artistas presentaron la vida cotidiana de la «Ciudad Maravillosa», como les encanta llamar a Río.
El cielo grisáceo, la llovizna y el frío -absolutamente
fuera de lo normal- no pudieron apagar el entusiasmo de cientos de miles
de jóvenes en pie a lo largo del paseo marítimo y la famosa playa con
forma de media luna, protegida anoche por nada menos que cinco
patrulleras y fragatas de la Marina brasileña, curiosas por asomarse a
la fiesta.
Casi nadie sabe que el nombre proviene de una modesta capilla de la Virgen de Copacabana,
muy venerada en Sudamérica, especialmente en su santuario de Bolivia.
Lo recordó el arzobispo de Río de Janeiro, Orani Tempesta, en sus breves
palabras de saludo.
La bienvenida al Papa corrió a cargo de cinco jóvenes de los cinco continentes, en medio del delirio general y del flamear de banderas de 180 países.
El escenario era impresionante, con una gigantesca pantalla que
permitía ver muy bien la expresión de los rostros en los primeros
planos. A lo largo de buena parte de los cuatro kilómetros de playa,
muchas pantallas distribuidas regularmente permitían que todo el mundo
disfrutase como si estuviese al lado del palco.

