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martes, 11 de junio de 2013

EL GOBERNADOR MAS BREVE DE LA HISTORIA?

Cuando en enero pasado Alejandro García Padilla levantó la mano izquierda mientras la derecha posaba en la Biblia y, bajo el suntuoso sol del Caribe, juró ejercer el cargo al que fue electo en noviembre del año pasado, creía él, y creía todo el país, que se estaba comprometiendo a ser gobernador por cuatro años.
Se equivocó. Los tiempos aquí no están ya ni para eso. Los términos de los gobernantes se han ido acortando más cada vez. Luis Muñoz Marín ejerció por 16 años. Rafael Hernández Colón por doce, aunque interrumpidos por los ocho años de Carlos Romero Barceló en el poder. Pedro Rosselló también estuvo ocho años en Fortaleza.
De allá para acá, empezó ser más corta la cuerda que los electores dan a los gobernantes: Sila Calderón, Aníbal Acevedo Vilá y Luis Fortuño estuvieron cuatro años cada uno. En los tres casos, aunque por circunstancias diferentes, ya para mitad de cuatrienio se sabía que eso era debut y despedida.
El caso de García Padilla es peor. Estará en el cargo por lo menos los cuatro años para los que juró porque así es la ley. Pero apenas han pasado seis meses y el recién estrenado gobernante enfrenta en estos momentos una abismal encrucijada que definirá si el resto de su mandato tendrá algún sentido.
Esto es abrupto y rotundo como un corte de sable: si García Padilla no logra evitar la degradación que asoma sus fauces en el horizonte mirándonos a la cara como una bestia mitológica, apague y vámonos, no sale reelecto. Pero la cosa es más complicada todavía. Para evitarla, tiene que dar codazos, pisar callos y mentar madres. Si eso le sale mal, apúntelo también, tenemos nuevo gobernador en enero de 2017.
El resto del cuatrienio será aguantar la respiración esperando las próximas elecciones. Así de brutal y de simple es esto. 
 García Padilla recibió un país en ruinas. Cuando se descorrió el velo con el que las muy bien pagas agencias de publicidad del Partido Nuevo Progresista (PNP) habían cubierto el verdadero estado del país, quedó al descubierto un panorama desolador, humeante y frío, como el que se  ve después de las grandes hecatombes: un déficit mucho más grande de lo previsto, por lo menos seis corporaciones públicas en bancarrota, sin espacio para maniobrar con préstamos y toda la basura que por décadas se estuvo ocultando bajo la superficie reventando el suelo y apestando.
Las propuestas que presentó García Padilla para intentar evitar la temible degradación no son suficientes y tendrán un efecto demoledor sobre la ya maltrecha economía, dicen todos los que saben. Como si fuera poco, esas medidas están siendo destasajadas en la Legislatura, con esa manía tan legislativa de querer complacer a todo el mundo,  con el riesgo de que pierdan la poca efectividad que pudieran tener.
Hay dudas, incluso en el propio equipo económico de García Padilla, de que el gobernante haya entendido la magnitud del problema. No ayuda a suavizar esa impresión la decisión de irse de fiesta al Desfile Puertorriqueño de Nueva York, mientras allá en ese mismo vecindario, en sus oficinas en los rascacielos, los cocorocos de las casas acreditadoras, con el lápiz afilado listos para poner la marca en la categoría de chatarra al crédito de la isla si no se resuelve ya, observan impasibles.
Tampoco ayuda que, con las cosas como están, García Padilla siga aferrado a la retórica del benefactor, que no haya comprendido que el rol de padre dadivoso que han seguido todos nuestros gobernantes, ofreciendo mucho a cambio de muy poco, está obsoleto. Alguien de su confianza debería decirle que el momento está como para hablarle claro al país, explicarle que esto está al borde del colapso y que no se puede seguir dando lo que no se tiene.
Tampoco hay indicios de que el país lo haya entendido. Todo indica que la gente sigue viendo al estado como la madre grande que puede amamantarnos a todos sin secarse nunca y se tira en el sueño a llorar ante el menor asomo de un golpe. 
Pero la verdad es que el cuento ya no es igual, que la dinámica de la relación entre el estado y el pueblo cambió, por la única, simple y poderosa razón de que el estado ya no tiene qué dar y ahora está en las de asegurar su supervivencia.
García Padilla, como puede verse, está en un callejón sin salida. Haga lo que haga, los riesgos son abismales. Más hay algo positivo que puede extraerse de esto. 
El pueblo malcriado de ahora puede que no, pero la historia de seguro le agradecerá si comprendiera la magnitud del momento y, cuéstele lo que le cueste, se convierta en el gobernador que en el futuro recordemos como el que, en su momento, nos hizo comprender que, igual que en aquella canción que popularizó Ismael Miranda, la cosa no es como antes.