Cuando en enero pasado Alejandro
García Padilla levantó la mano izquierda mientras la derecha posaba en la
Biblia y, bajo el suntuoso sol del Caribe, juró ejercer el cargo al que fue
electo en noviembre del año pasado, creía él, y creía todo el país, que se
estaba comprometiendo a ser gobernador por cuatro años.
Se equivocó. Los tiempos aquí no están ya ni para eso. Los términos de los
gobernantes se han ido acortando más cada vez. Luis Muñoz Marín ejerció por 16
años. Rafael Hernández Colón por doce, aunque interrumpidos por los ocho años
de Carlos Romero Barceló en el poder. Pedro Rosselló también estuvo ocho años
en Fortaleza.
De allá para acá, empezó ser más
corta la cuerda que los electores dan a los gobernantes: Sila Calderón, Aníbal
Acevedo Vilá y Luis Fortuño estuvieron cuatro años cada uno. En los tres casos,
aunque por circunstancias diferentes, ya para mitad de cuatrienio se sabía que
eso era debut y despedida.
El caso de García Padilla es peor.
Estará en el cargo por lo menos los cuatro años para los que juró porque así es
la ley. Pero apenas han pasado seis meses y el recién estrenado gobernante
enfrenta en estos momentos una abismal encrucijada que definirá si el resto de
su mandato tendrá algún sentido.
Esto es abrupto y rotundo como un
corte de sable: si García Padilla no logra evitar la degradación que asoma sus
fauces en el horizonte mirándonos a la cara como una bestia mitológica, apague
y vámonos, no sale reelecto. Pero la cosa es más complicada todavía. Para
evitarla, tiene que dar codazos, pisar callos y mentar madres. Si eso le sale
mal, apúntelo también, tenemos nuevo gobernador en enero de 2017.
El resto del cuatrienio será
aguantar la respiración esperando las próximas elecciones. Así de brutal y de
simple es esto.
García Padilla recibió un país en
ruinas. Cuando se descorrió el velo con el que las muy bien pagas agencias de
publicidad del Partido Nuevo Progresista (PNP) habían cubierto el verdadero
estado del país, quedó al descubierto un panorama desolador, humeante y frío,
como el que se ve después de las grandes hecatombes: un déficit mucho más
grande de lo previsto, por lo menos seis corporaciones públicas en bancarrota,
sin espacio para maniobrar con préstamos y toda la basura que por décadas se
estuvo ocultando bajo la superficie reventando el suelo y apestando.
Las propuestas que presentó García
Padilla para intentar evitar la temible degradación no son suficientes y
tendrán un efecto demoledor sobre la ya maltrecha economía, dicen todos los que
saben. Como si fuera poco, esas medidas están siendo destasajadas en la
Legislatura, con esa manía tan legislativa de querer complacer a todo el mundo,
con el riesgo de que pierdan la poca efectividad que pudieran tener.
Hay dudas, incluso en el propio
equipo económico de García Padilla, de que el gobernante haya entendido la
magnitud del problema. No ayuda a suavizar esa impresión la decisión de irse de
fiesta al Desfile Puertorriqueño de Nueva York, mientras allá en ese mismo
vecindario, en sus oficinas en los rascacielos, los cocorocos de las casas
acreditadoras, con el lápiz afilado listos para poner la marca en la categoría
de chatarra al crédito de la isla si no se resuelve ya, observan impasibles.
Tampoco ayuda que, con las cosas
como están, García Padilla siga aferrado a la retórica del benefactor, que no
haya comprendido que el rol de padre dadivoso que han seguido todos nuestros
gobernantes, ofreciendo mucho a cambio de muy poco, está obsoleto. Alguien de
su confianza debería decirle que el momento está como para hablarle claro al
país, explicarle que esto está al borde del colapso y que no se puede seguir
dando lo que no se tiene.
Tampoco hay indicios de que el país
lo haya entendido. Todo indica que la gente sigue viendo al estado como la
madre grande que puede amamantarnos a todos sin secarse nunca y se tira en el
sueño a llorar ante el menor asomo de un golpe.
Pero la verdad es que el cuento ya
no es igual, que la dinámica de la relación entre el estado y el pueblo cambió,
por la única, simple y poderosa razón de que el estado ya no tiene qué dar y
ahora está en las de asegurar su supervivencia.
García Padilla, como puede verse,
está en un callejón sin salida. Haga lo que haga, los riesgos son abismales.
Más hay algo positivo que puede extraerse de esto.
El pueblo malcriado de ahora puede
que no, pero la historia de seguro le agradecerá si comprendiera la magnitud
del momento y, cuéstele lo que le cueste, se convierta en el gobernador que en
el futuro recordemos como el que, en su momento, nos hizo comprender que, igual
que en aquella canción que popularizó Ismael Miranda, la cosa no es como antes.

