A menos de seis meses del
inicio de su segundo período de gobierno, Barack Obama está inmerso
en una seguidilla de escándalos que bien podrían terminar
definiendo cómo pasará a la historia.
Una serie de filtraciones
relativas a la seguridad nacional tienen al gobierno a la defensiva y
dejan en evidencia el nivel de discrecionalidad y de secretismo con
el que se administran las polémicas leyes que autorizan vigilancias
cuando se sospecha de actividades extremistas.
El caso de la masiva
obtención de datos de la telefónica Verizon o el seguimiento de
usuarios de Internet que se conoció la semana pasada por la
información que suministró a la prensa el exasistente de la CIA
Edward Snowden han aumentado la presión sobre Obama, al tratarse de
operaciones de vigilancia estatal que tienen al menos el potencial de
abarcar a segmentos grandes de la población sobre los que no recae
evidencia de actividad ilegal.
Más allá de las
consideraciones políticas y naturales reacciones partidistas, cada
caso toca el área de los derechos ciudadanos de una manera distinta,
desde la libertad de expresión y presunción de inocencia, hasta el
derecho a la privacidad y la igualdad ante la ley. Y cómo se
supeditan o no al "máximo interés" de la seguridad
nacional.
Para muchos resulta
irónico que un presidente que llegó al poder cuestionando los
excesos cometidos en nombre de la llamada "guerra contra el
terrorismo" esté siendo señalado por sus propios excesos al
usar las herramientas legales que tanto criticó antes de llegar a la
Casa Blanca.
BBC Mundo recuerda los
casos más emblemáticos que, para sus críticos, empañan la gestión
de Obama. Haga clic en el menú de abajo.
1. Los
teléfonos de AP
A principios de mayo, el
Departamento de Justicia le informó a la agencia de noticias
Associated Press (AP) que el gobierno había obtenido registros de
llamadas de 20 líneas de la agencia, entre números de oficinas y
teléfonos personales de algunos periodístas.
Aunque AP aseguró que no
se le explicó la razón de la investigación, la agencia lo vínculo
a un artículo prublicado en mayo del 2012 en el que se revelaba el
desmantelamiento de un supuesto plan de atentado por parte de
al-Qaeda que se originó en Yemen.
El presidente de AP Gary
Pruitt, calificó la acción del departamento de Justicia como "una
intrusion masiva y sin precedentes" y "una seria
interferencia con los derechos contitucionales de AP".
Los profesionales de la
prensa han visto en la acción del gobierno un indebido intento de
identificar una fuente de información que se supone protegida por la
sacrosanta confidencialidad que establece cuando entra en relación
con un periodista.
Para el gobierno se trata
de capturar a un "soplón" que consideran que ha puesto en
riesgo la seguridad nacional revelando secretos clasificados.
2.
Verizon e internet
Lo que involucraba a unos
pocos números telefónicos en el caso de AP se convirtió en
millones en el de la filial estadounidense de la telefónica Verizon
y potencialmente más aún en el de la vigilancia de usuarios de
internet.
La semana pasada el
diario británico The Guardian y el estadounidenseThe
Washington Post presentaron datos obtenidos del exasistente
técnico de la CIA, Edward Snowden, que evidenciaban que la Agencia
Nacional de Seguridad (NSA) mantenía un sistema regular de obtención
de datos telefónicos aprobado por una corte secreta.
La reacción de la Casa
Blanca y del Congreso dejó en claro que se trataba de una práctica
común, de vieja data y que cuenta con respaldo legal en las
polémicas Ley Patriota y la Ley de Vigilancia de Información
Extranjera (FISA) heredadas de tiempos de George W. Bush.
"Nadie está
escuchando sus llamadas", aseguró el fin de semana el
presidente Barack Obama aclarando que no se trata de "escuchas
telefónicas", sino que, al igual que en el caso de AP, lo que
se recoge es la llamada "metadata".
Además, el mandatario
defiende la legalidad de la medida argumentando que está "aprobada
por todas las ramas del Estado".
Pero los grupos de
derechos civiles han cuestionado la laxa interpretación que asegura
que hace el departamento de Justicia de las de por si polémicas
leyes, del secreto en el que se mantiene todo el proceso y del amplio
alcance, cosa que estaría reñida con la Cuarta Enmienda de la
Constitución que protege a los ciudadanos de "búsquedas
injustificadas".
3. Los
impuestos del Tea Party
En mayo pasado, casi
simultáneamente con la noticia sobre AP, un informe interno de la
Oficina de Impuestos (IRS, por sus siglas en inglés) reveló que se
habían usado "criterios inapropiados" para otorgar estatus
especiales de rebaja de impuestos a organizaciones sin fines de lucro
vinculadas al llamado Tea Party, el ala más conservadora del
Partido Republicano.
El reporte del Inspector
de Administración de Impuestos indicaba que se había represado
solicitudes de estas organizaciones cuando aparecían en sus nombres
alusiones al Tea Party o su retórica o sus agendas eran
consideradas ultraconservadoras.
Una de las preocupaciones
del IRS era que estos grupos, al declararse como "promotoras del
bienestar social", se acogieran a exenciones a las que no
tendría derecho de reconocer que realizan actividades de
proselitismo político.
Aunque esas prácticas ya
habrían sido descontinuadas y el comisionado interino Steven Miller
renunció a su cargo, el FBI abrió una investigación criminal sobre
el caso.
Sin embargo, para los
demócratas el escándalo podría complicarles las elecciones de
medio término para el Congreso y, por lo pronto, han revivido el
movimiento conservador que tras sus éxitos del 2010 había perdido
influencia dentro del Partido Republicano.
De hecho, diferentes
sondeos de opinión indican que el del IRS y el Tea Party es
el escándalo que más preocupa a los estadounidenses, mientras que
el de las escuchas telefónicas les resulta el menos importante.
4.
Ataque en Bengasi
Antes de esta retahíla
de escándalos, el flanco preferido de los ataques republicanos al
gobierno era los fallos de seguridad que en noviembre de 2012
facilitaron un ataque al consulado estadounidense en Bengasi, Libia,
causándole la muerte al embajador estadounidense en Libia
Christopher Stevens y otros tres estadounidenses.
El recuerdo de Bengasi se
reactivó en días pasados con el nombramiento de la actual
embajadora ante la ONU, Susan Rice, como nueva asesora de seguridad
nacional del presidente Obama.
Varios congresistas
republicanos recordaron que Rice no pudo sustituir a Hillary Clinton
en el departamento de Estado, porque la Casa Blanca sabía que no
contaría con la aprobación del Comité de Exteriores y cuestionaron
el nuevo nombramiento.
Rice es vista por los
republicanos como una de las principales promotoras de lo que
consideran una campaña de desinformación del ejecutivo que no
reconoció en primera instancia que el ataque a la embajada había
sido una acción premeditada y que hubo un fatal fallo de
inteligencia.
Como consecuencia de la
polémica cinco comités del Congreso abrieron sendas
investigaciones. En abril los integrantes republicanos presentaron un
informe preliminar en el que aseguran que el gobierno no reforzó la
seguridad de los diplomáticos en Libia pese a contar con información
que así lo aconsejaba.
Además señalaron que la
Casa Blanca construyó un relato impreciso de los eventos y al final
culpó a las agencias de inteligencia por los huecos que la versión
oficial presentaba.
5.
Rápido y Furioso
Los casos de AP y de
Verizon han renovado la presión sobre el secretario de Justicia,
Eric Holder, quien en junio de 2012 se convirtió en el único
miembro de gabinete de un gobierno estadounidense en ser declarado en
desacato acusado de obstruir una investigación del Congreso.
La investigación era
sobre Rápido y Furioso, el fallido plan de la oficina de Alcohol,
Tabaco y Armas, dependiente del departamento de Justicia, con el que
intentaban rastrear armas ilegales en su ruta hacia carteles de la
droga mexicanos.
El rastreo no tuvo éxito
y 2,000 armas usadas en el programa desaparecieron, hasta que dos de
ellas fueron usadas en un tiroteo en diciembre de 2010 en Arizona el
que murió un agente de la Patrulla de Fronteras estadounidense.
La muerte del oficial
aceleró una investigación parlamentaria abierta desde 2009 -y que
Holder consideró un decisión "políticamente motivada",
por tratarse de año electoral- en la que su oficina no suministró
toda la información que se le solicitó sobre el programa.
Incluso cuando Holder
quiso limar asperezas con la prensa tras el escándalo de AP su
oficina convocó a reuniones fuera de récord, lo que a muchos
medios les pareció irónico y un intento de ocultar cosas a la
esfera pública por lo que algunos no asistieron a los encuentros.
Muchos observadores en
Washington piensan que la confluencia de todas estas tormentas
políticas sobre el departamento de Justicia bien podrían resolverse
con la salida de Holder del cargo, una movida que sería vista por
algunos como una manera de la Casa Blanca calmar las exigencias de
responsabilidad que hace parte importante del público.

